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La economia mexicana, 1830–1940: obstaculos a la industrializacion (II)*

Published online by Cambridge University Press:  28 April 2010

Stephen H. Haber
Affiliation:
Stanford University

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A partir de la década de 1880, los obstáculos que habían limitado anteriormente la industrialización mexicana empezaron a desaparecer. La chispa que inició este proceso fue el flujo de capital procedente de Estados Unidos y Europa. En las últimas décadas del siglo XIX penetraron en México capitales y empresarios extranjeros (que conocían tecnologías y mercados concretos de los que no tenían conocimiento los capitalistas mexicanos) que desaguaron y volvieron a entibar las minas, estimularon el crecimiento de la agricultura comercial, desarrollaron la industria petrolífera y financiaron la construcción de un sistema ferroviario nacional. Hacia 1910, según las estimaciones de que se dispone, los extranjeros habían invertido cerca de 2.000 millones de dólares en ferrocarriles, minas y otra serie de empresas de México, una cifra que representaba entre el 67 y el 73 por 100 del total del capital invertido en el país. Casi toda la inversión extranjera se aglutinaba en empresas relacionadas con las exportaciones.

Type
Articulos
Copyright
Copyright © Instituto Figuerola de Historia y Ciencias Sociales, Universidad Carlos III de Madrid 1990

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References

1 Anderson, (1976), p. 19.Google Scholar

2 Coatsworth, (1981), pp. 36 y 40.Google Scholar

3 Coatsworth, (1981), pp. 97103.Google Scholar

4 Anderson, (1976), p. 12.Google Scholar

5 Rosenzweig, (1965), pp. 136138.Google Scholar

6 Rosenzweig, (1965), p. 143.Google Scholar

7 Coatsworth, (1978), p. 99.Google Scholar

8 Tenenbaum (1983).

9 Citado en Anderson, (1976), p. 127.Google Scholar

10 Anderson, (1976), p. 96.Google Scholar

11 Coatsworth, (1978), p. 82.Google Scholar

12 El número de trabajadores en actividades no agrícolas se triplicó entre 1861 y 1895 hasta alcanzar casi los dos millones de trabajadores en el último año. Haber, Véase (1989), p. 27.Google Scholar

13 Ceceña, (1973), p. 87.Google Scholar

14 The Mexican Yearbook, 1912 (1913), p. 114; Monterrey, Fundidora, «Informe Anual», 1902, p. 46Google Scholar; Villegas, Torón (1963), p. 55Google Scholar; Rodríguez, Realme (1946), p. 97.Google Scholar

15 The Mexican Yearbook, 1908 (1909), p. 539; The Mexican Yearbook, 1909–1910 (1911), p. 416; The Mexican Yearbook, 1912 (1913), pp. 113 y 126; Lenz, y Orozco, Gómez de (1940), p. 83.Google Scholar

16 Para una discusión más completa sobre la transformación de estas industrias, véase Haber, (1989), caps. 4 y 6.Google Scholar

17 Haber, (1989), p. 54.Google Scholar

18 Calculado a partir de datos aparecidos en El Economista Mexicano, 24 de diciembre de 1898, p. 249; El Economista Mexicano, 27 de julio de 1907, p. 360; Rosenzweig, (1960), p. 208.Google Scholar

19 Tomado de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (1977), documento num. 5; Ministerio de Fomento (1854), documento núm. 2; Rosenzweig, (1965), p. 106Google Scholar; Haber, (1989), p. 125.Google Scholar

Ibid.

21 El autor está intentando en la actualidad obtener estimaciones del crecimiento de la productividad utilizando esta medida.

22 Haber, Tomado de (1989), p. 125Google Scholar; Rosenzweig, (1965), p. 106.Google Scholar

23 Anderson, (1976), p. 47.Google Scholar

24 Tomado de la Secretaría de Hacienda (varios años).

25 Anderson, (1976), p. 41.Google Scholar

26 Tomado de la Secretaría de Hacienda (varios años).

27 Calculado a partir de los datos existentes en la Dirección General de Estadística (1934).

28 Para una discusión sobre la primera industrialización de Brasil, véase Suzigan, (1986), pp. 74115.Google Scholar

29 Las series de salarios mínimos construidas por el grupo de El Colegio de México, bajo la dirección de Fernando Rosenzweig, y publicadas en Estadísticas Económicas del Porfirialo (1965) se citan con asiduidad en relación con este tema, pero su valor es dudoso porque México no tenía salarios mínimos legales con anterioridad a la década de 1930 y porque El Colegio de México no publicó las fuentes o métodos que utilizó para conseguir estos datos.

30 Coatsworth, (1978), p. 82.Google Scholar

31 El Economista Mexicano, 7 de mayo de 1904, p. 114.

32 Enríquez, Molina (1978), p. 312.Google Scholar

33 Enríquez, Molina (1978), p. 318.Google Scholar

34 La inversión de México en capital humano era extremadamente baja. El sistema educativo servía a los menos, mientras que la gran mayoría de la población apenas estaba escolarizada y su nivel de alfabetización era muy bajo. En 1895, sólo el 14 por 100 de la población podía leer y escribir. Véase Dirección General de Estadística (1956), p. 123.Google Scholar

35 Alexander Gerschenkron habla del papel de la tecnología importada en los países de la Europa del Este con un desarrollo tardío. Véase Gerschenkron, (1962), cap. 1.Google Scholar

36 Haber, (1989), p. 33.Google Scholar

Ibid.

38 Véase El Economista Mexicano, 18 de enero de 1902, p. 245; 21 de junio de 1902, p. 203; 5 de septiembre de 1903 (edición inglesa), p. 536, y 11 de julio de 1908, p. 297.

39 Véase Haber (1989), pp. 39–42, para una discusión detallada de este intento de exportar bienes industriales durante el Porfiriato.

40 Clark, (1987), p. 146.Google Scholar

41 Para un análisis tradicional de la productividad de la mano de obra mexicana realizado por un empresario mexicano, véase Robredo, (1925), p. 51Google Scholar; para un análisis semejante efectuado por un observador extranjero, véase Jenner (1886).

42 Uno de los casos más famosos es el ocurrido en la fábrica de algodón San Lorenzo de Orizaba, Veracruz, en 1923. Para conocer más detalles sobre este caso, véase Archivo General de la Nación, Ramo de Trabajo, Caja 560, archivo 6, documento núm. 11.

43 Clark, (1987), pp. 151152.Google Scholar

44 Ibid., pp. 146 y 150.

Ibid.
Ibid.

46 Clark, Graham (1909), p. 38.Google Scholar

47 Calculado a partir de los datos recogidos en The Mexican Yearbook, 1909–1910 (1911), pp. 414–415; El Economista Mexicano, 4 de junio de 1902, p. 217.

48 Yamada, (1965), p. 49.Google Scholar

49 Para una discusión más completa de la concentración industrial y de la creación de barreras a la entrada, véase Haber, (1989), caps. 4 y 6.Google Scholar

50 Para una discusión detallada de las instituciones bancadas durante el Porfiriato, véase Martínez, Sánchez (1983), pp. 1594.Google Scholar

51 Fundidora Monterrey (1902).

52 Los financieros más importantes de México actuaban a escala internacional y tenían relaciones con los grandes bancos extranjeros. De hecho, buena parte de los fondos para financiar los principales bancos comerciales de México procedía del extranjero. El primer banco del país, el Banco de Londres y México, se creó en 1864 como sucursal del London Bank of Mexico and South America. El segundo banco en importancia, el Banco Nacional de Mexico, fue fundado en 1881 por un grupo de banqueros franceses. Tenía dos consejos de administración, uno en la ciudad de México y otro en París. Otros grandes bancos también obtuvieron capital en el extranjero. Por ejemplo, el ·25 por 100 de las acciones del Banco Central Mexicano pertenecía a J. P. Morgan & Company y al Deutsche Bank, y los inversores extranjeros controlaban la mayoría de las acciones del Banco Mexicano de Comercio e Industria. De los 10 millones de pesos de capital suscrito por este último banco, 3,5 millones pertenecían a Speyer & Company, un banco de Nueva York, y 3,5 millones al Deutsche Bank, de Berlín. Véase Sánchez Martínez (1983).

53 Para un análisis de la rentabilidad de la industria mexicana durante este período, véase Haber, (1989), cap. 7.Google Scholar

54 Lamoreaux, (1985), pp. 126127.Google Scholar

55 Womack, (1978), pp. 80123.Google Scholar

56 Primer Congreso Nacional de Industriales (1918).

57 Para una discusión detallada de los efectos de la Revolución, véase Haber, (1989), cap. 8.Google Scholar

58 Para una discusión de las fuentes y métodos para calcular estos valores, véase Haber, (1989), pp. 141142.Google Scholar

59 Haber, (1989), p. 143.Google Scholar

60 Para una discusión detallada de las fuentes y métodos empleados en este análisis, véase Haber, (1989), pp. 146148.Google Scholar

61 Haber, (1989), pp. 144146.Google Scholar

62 Esto lo sugieren Joseph Sterrett y Joseph Davis en su informe al International Committee of Bankers (Comité Internacional de Banqueros), de México. Véase Sterrett, y Davis, (1928), p. 190.Google Scholar

63 Cárdenas, (1982), pp. 37 y 39.Google Scholar

64 Para una discusión detallada de las políticas monetarias y fiscales durante la depre sión, véase Cárdenas, (1982), caps. 3 y 4.Google Scholar

65 Calculado a partir de los datos del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (1985), p. 311.Google Scholar

66 Véase Haber, (1989), cap. 9Google Scholar, para una discusión detallada de los efectos de la depresión en el empleo, los salarios, los beneficios y la inversión.

67 Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (1985), p. 566.Google Scholar

68 Tomado del Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (1985), p. 311.Google Scholar

69 Véase Haber (1989), cap. 10, para una discusión del aumento en el rendimiento de las inversiones a mediados de la década de 1930.

70 Una discusión de los métodos y las fuentes utilizadas para hacer esta estimación se puede encontrar en Haber, (1989), pp. 185186.Google Scholar

71 Cárdenas, (1982), p. 210.Google Scholar

72 Haber, (1989), p. 185.Google Scholar

73 Secretaría de Hacienda y Crédito Público (1938).

74 Cárdenas, (1982), pp. 6 y 47.Google Scholar

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